lunes, 6 de junio de 2011

Todo

Saldré de Leuven con los dientes mejor colocados el colesterol por las nubes y con un inglés de un acento extraño.

Los gatos de los tejados seguirán peleándose con las gaviotas y chillando como locos en celo al anochecer. El pervertido, volverá a poner la música muy alta y esperará a verme de refilón por la ventana. Pero no encontrará mi silueta. En unos meses buscará algún otro entretenimiento.

Estas paredes no son mi casa. Mi casa es Pedro en Negro colgando en la luz, mirándome con los brazos abiertos. Son todos los dibujos que tengo en la pared, la sirenita coloreada por Marina, las caricaturas de Alain, las postales de la india. Las frases inconexas en diferentes idiomas.
Mi casa son los mapas de todas las ciudades en las que he estado, en el muro de la derecha.
Las gotas que me despiertan todas las noches a las 2 de la mañana, cuando empiezan las tormentas.
Los mosquitos que llevan mi sangre y se la dan de beber a sus hijos.

Hubu, el peluche de carnaval que lleva puesto un sombrero de Saint Patrick. Son las fotos de aquellos que me dejé en Madrid pero que van siempre conmigo.

Tengo los músculos de las piernas durísimos gracias a Lenin. Y me siento mucho más fuerte y lista que antes. Me conozco más, y eso no me ha llevado a ninguna parte.

Saldré de Leuven con mi mejor amiga.

Por el mundo se desperdigarán mis hindúes. Sachin se irá al Himalaya y no volveré a saber nada de él. O al menos eso dice. Renu dará tumbos por Europa hasta los 30, cuando su padre le obligue a casarse con el novio que tiene preparado desde hace años. Louise será una abogada maravillosa en Estocolmo. Alain seguirá tocando a Bach y acabará fugándose al mediterráneo.

Los elefantes no volverán a ser animales, serán dioses. La comida que pica no me picará nunca más . Los inmigrantes no volverán a serlo. La música clásica contará historias, y tendré que buscarlas. Podré conseguir todo lo que me proponga. Todo. El frío nunca será como éste, el que pone los dedos azules y el sol siempre será bienvenido. Todo llevará más azúcar (si cabe). A veces pensaré en inglés. Tendré tantos puntos de vista que tardaré horas en posicionarme sobre algo. Buscaré en las yemas de los dedos ajenas sus espirales.

Y luego estarán sus acentos. La huella de donde vinieron. Música diferente, misma letra.

Sólo les recordaré sonriendo porque es lo único que han hecho durante este último año.

Por eso han sido mis amigos. Mi gente. Mi vida aquí. Han sido mi Erasmus.

Todo.

domingo, 5 de junio de 2011

Alegría

Supongo que mi repulsión a la melancolía no me deja ser consciente de que me quedan dos días aquí. Sólo he tenido un pequeño instante de flaqueza al mirar la exuberancia gótica de la catedral. He pensado “no te voy a volver a ver”, y sí, se lo decía a ese gótico flamenco en cada esquina, y por un instante la melancolía me ha tentado pero no la he dejado salir, porque eso es de aquellos que veneran el pasado perdiéndose el presente.

Dentro de un par de soles amaneceré en otra latitud y longitud. En la que se supone que es la mía, y que me ha dado el carácter que ahora tengo. La sensación con la que me quedo quedar, y que me acompañará conmigo para siempre es que no he estado en Bélgica. No. He pasado más tiempo en la India que en cualquier otro lugar de el mundo. En Italia, en Suiza, en Francia...
La pequeña república independiente de Leuven nos dio cobijo. A nosotros, los exiliados. Porque puede que los flemish no supieran apreciar la belleza de los colores que cada uno trae de su tierra, pero nosotros sí.

Una noche -como cualquier otra- estábamos cenando en casa de los indios y alguien derramó cerveza. Yo me levanté corriendo, y antes de limpiar el líquido toqué con mis dedos el alcohol, y me mojé la frente gritando “ALEGRÍA, ALEGRÍA”.

Es algo que yo creía común, pero por las caras de todos los presentes -incluida la de Marina, que es española- debieron pensar que estaban presenciando algún extraño ritual. Pero vamos, que es lo que hace mi madre siempre que alguien derrama su vino, y yo antes no había caído en la cuenta de que eso no era normal.

Casi sin darnos cuenta, unas noches después, se volvió a derramar otra copa y repetí el proceso. Todos lo conocían, y se apartaron el pelo de la frente, esperando a que yo untara mis dedos en el alcohol para mojarles ligeramente.

Me sorprendí bastantee cuando hace unos meses el mismo ritual se repitió, pero esta vez, Sachín gritó: ALEGRÍA, ALEGRÍA, y fue Alain el que mojó sus dedos y se los pasó por la frente.

Ellos no lo saben pero para mí fue la cosa más bonita del mundo.
El asunto tiene guasa cuando hace dos días derramé la salsa boloñesa. Por costumbre, todos fueron a meter el dedo dentro para luego tocarse la frente. Olvidé explicarles que sólo lo hacía con alcohol.

ALEGRÍA!

martes, 31 de mayo de 2011

Historia de miedo

Miré a la ventana por casualidad mientras aireaba las sábanas y allí estaba, mirándome fijamente.

Llevaba en la mano derecha (o la izquierda) una pistola que apuntaba a su sien. No cerró los ojos. No pude reaccionar. El disparo fue mudo y no me sorprendí. Seguí rígida, sin quitar mis ojos de los suyos. Pude ver perfectamente como un líquido negro resbalada cuidadosamente por su oreja. Le manchó el cuello. Las gotas oscuras continuaron desparramándose sobre su cuerpo. Seguía en la misma posición. Ni un quejido. Nada. Supongo que sólo notó la ligera presión en el pecho que yo también sentí. Empezó a llover más fuerte hasta que las gotas empañaron mi propio reflejo, que por supuesto, también era el suyo.

martes, 10 de mayo de 2011

Lista

Tengo una lista no escrita para todo. Es una enumeración de vivencias sacadas de mi vida, pero que son especiales y podrían aparecer en novelas de realismo mágico.

Sachin sale del agua. No está lo suficiente fría como para evitar que nos metamos, y sonriendo -esa sonrisa hindú dibujada de lejos- dice que está muy salada. Saca la lengua y se la pasa por los labios. Luego se echa las manos a la cara y se limpia las gotas.

Pertenecemos a un momento que marcará su vida para siempre, y no nos avisó, porque las cosas maravillosas pasan sin avisar. Sachin nunca había estado en el mar. Era la primera vez que sentía el sabor del océano en la boca.

Ni él ni Renu se separaron ni un momento de mi lado mientras corría la maratón. Supervisando con ojos casi negros cada movimiento. También sabían que era la primera vez y revisaban cada salto, cada paso.

"Mira el atardecer porque no has visto ninguno así nunca, ni lo volverás a ver", decían señalando al cielo naranja sin dejar de correr -y en verdad así era-.

Marina se puso un caleidoscopio y los ojos y yo la pedí que se metiera en mis pupilas. Pero eso es una historia de esas fatásticas difíciles de creer que sólo unos pocon entienden. Esas que tienen objetos mágicos que te aferran a la realidad como si fueran un ancla de un barco, y que cuando menos te lo esperas te sacan de golpe.

Alain se ríe a carcajadas mientras me grita que cuando está conmigo sólo ocurren cosas surrealistas difíciles de creer. Me siento muy alagada cada vez que toca mi puerta, por querer compartir su tiempo conmigo.

Nacho cazó todos los mosquitos de la tierra y me dejó mirar el cielo despejado porque así él lo quiso.

En Amsterdam nos vestimos de naranja, metí los pies en un canal, viajamos con desconocidos y bailamos con ellos sin su permiso.

El curry no me quemó la lengua -sí lo hace el chocolate- y descubrí que quiero una colonia que huela a cardamomo, porque me encanta el aroma que desprende cuando Renu lo prepara para el té.

Siento que se me acaba el tiempo aquí, pero que la aventura no ha hecho más que comenzar.

whatever will be, will be

martes, 29 de marzo de 2011

Esa batalla no salia en los libros de arte

Ahí estaba, ese grabado mesopotámico de un hombre rudo, sobre un carro, con la nariz prominente, los ojos almendrados y los rizos perfectos con forma de espiral. Todo esculpido sobre el blanco mármol.

Y ahora a mi lado, mirando igual que aquella escultura del British Museum. Se había despertado y se dejó el carro en alguna parte que no me importa.

Delante de él, otro más. En naranja, rojo y negro. Directo desde una de esas vasijas súper gastadas. También de perfil. Barbilla de aristas marcadas, ojos rasgados, casi negros, barba profunda y recta, lengua fuera, sosteniendo unas serpientes que saca de un cubo. Como gritando.

Se miran mutuamente. Cada uno en un color. Mirarse de colores. Mesopotamia estaba delante de mí y yo con la boca entreabierta, sin decir nada inteligente. De carne y hueso. Piel en lugar de roca y pintura.

Intentaba recordar la página de mi libro de segundo de bachillerato donde estaban esos malditos grabados. Esa era la clave. Pero ahora estaban allí, de verdad, y yo temiendo que se rompieran. ¡Que nadie haga fotos! ¡El flash, el flash, quitad el maldito flash!

Parece mentira que se muevan. Que hablen. Que existan más allá de los libros y museos.
A veces abro tanto los ojos que creo que la gente se da cuenta de que lque dentro de mí se proyecta una película diferente.

Sonó el carrillón. Son las 4. La clase ha terminado y cada cual vuelve a su casa. Me pregunto si echarán de menos sus respectivos lienzos.

lunes, 14 de marzo de 2011

A la luz

Se hace de noche, y la temperatura es tan agradable que no me lo creo. Nos sentamos en un banco, apurando la luz -que creo que es preciosa- y nos dejamos caer hacia atrás mirando al cielo.
Cuando me fui apuré los pasos -creo que nunca andé tan lento- y me puse la música muy alta. John Legend salió a azar y me cantó esa de...

It may be long to get me there
It feels like I've been everywhere
But someday I'll be coming home
Round and round the world will spin
Oh, the circle never ends
So you know that I'll be coming home...

Pero contra todo pronóstico, pinsé que mi casa es a la que me dirijo. Aquí, en Arthur de Greefstraat. Y me puse muy muy contenta.

No quería acabar el paseo, asique subí la cuesta que lleva a ese lugar que sólo unos pocos sabéis dónde está.

Ya era de noche, y di por hecho que la valla estaría cerrada...¡pero no! Allí estaba, en la oscuridad total. Pues no. Alguien se dedica a encender una vela allí, todas las noches. No sé quién es pero gracias. Allí me tiré en el suelo apoyada en un árbol y respiré ese aire de noches de verano.

Oí un sonido que venía desde fuera pero no le di importancia. Cuando salí, me di cuenta de que la cancioncilla venía de una furgoneta de helados. Me extrañó, era muy de noche para ponerse a vender helados. Un niño abrió la puerta de su casa con el monedero de su madre en la mano y corrió calle abajo hacia el vehículo. Yo, instintivamente, hice lo mismo.

Y allí estábamos los dos, cuesta abajo gritando a la furgoneta que no se marchara. Paró y el niño -que llegó primero- esperó con una sonrisa enorme y de puntillas en la ventana. El conductor no se percató y arrancó de nuevo.

Los helados se fueron -ya dirigiéndose a la autopista-y yo me quedé quieta al lado del chaval -que apenas tendría ocho o nueve años-

Le dije que lo sentía, y que era una pena, pero que ya volvería a pasar. Él no me escuchó y siguió con la mirada cómo se perdía el automóvil entre los demás coches.
Ya no se veía nada y él seguía allí, con el monedero -que era de esos con un estampado horrible- en la mano. Esperando. Estaba tan triste que me dieron ganas de darle un abrazo pero cuando se percató de mi presencia salió corriendo de nuevo, calle arriba hacia su casa.

Ojalá vuelva de nuevo. No por mí, sino por él. Qué narices...¡qué venga por mí, quiero mi helado de stracciatella!

domingo, 13 de marzo de 2011

Sin título

Estoy luchando para que los colores no se me mezclen en el folio que guarda mis acuarelas. Mirando mi propio reflejo en la ventana oscura, buscando a los gatos -especialmente el blanco con manchas negras- y atendiendo a como la luz poco a poco desparece del cielo.
Compulsivamente, miro el periódico cada cierto tiempo para saber cómo van las cosas en Japón. Me aterroriza pensar que el cielo se ponga naranja de repente, como en mis pesadillas.

Hoy estuve en un bosquecito cerca de Hervelee. Con árboles altos y rotos, descontrolados. Parecía un paisaje pintado por un esquizofrénico. Era caótico y sin sentido. La naturalea suele ser áurea y de dimensiones casi perfectas. Ese bosque parecía más humano que animal. Parecía tener personalidad propia. Gritaba, como queriendo defenderse y avisar de lo que viene.