Ahí estaba, ese grabado mesopotámico de un hombre rudo, sobre un carro, con la nariz prominente, los ojos almendrados y los rizos perfectos con forma de espiral. Todo esculpido sobre el blanco mármol.
Y ahora a mi lado, mirando igual que aquella escultura del British Museum. Se había despertado y se dejó el carro en alguna parte que no me importa.
Delante de él, otro más. En naranja, rojo y negro. Directo desde una de esas vasijas súper gastadas. También de perfil. Barbilla de aristas marcadas, ojos rasgados, casi negros, barba profunda y recta, lengua fuera, sosteniendo unas serpientes que saca de un cubo. Como gritando.
Se miran mutuamente. Cada uno en un color. Mirarse de colores. Mesopotamia estaba delante de mí y yo con la boca entreabierta, sin decir nada inteligente. De carne y hueso. Piel en lugar de roca y pintura.
Intentaba recordar la página de mi libro de segundo de bachillerato donde estaban esos malditos grabados. Esa era la clave. Pero ahora estaban allí, de verdad, y yo temiendo que se rompieran. ¡Que nadie haga fotos! ¡El flash, el flash, quitad el maldito flash!
Parece mentira que se muevan. Que hablen. Que existan más allá de los libros y museos.
A veces abro tanto los ojos que creo que la gente se da cuenta de que lque dentro de mí se proyecta una película diferente.
Sonó el carrillón. Son las 4. La clase ha terminado y cada cual vuelve a su casa. Me pregunto si echarán de menos sus respectivos lienzos.
a veces abres tanto los ojos que toda la vida te cabría dentro
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