lunes, 14 de marzo de 2011

A la luz

Se hace de noche, y la temperatura es tan agradable que no me lo creo. Nos sentamos en un banco, apurando la luz -que creo que es preciosa- y nos dejamos caer hacia atrás mirando al cielo.
Cuando me fui apuré los pasos -creo que nunca andé tan lento- y me puse la música muy alta. John Legend salió a azar y me cantó esa de...

It may be long to get me there
It feels like I've been everywhere
But someday I'll be coming home
Round and round the world will spin
Oh, the circle never ends
So you know that I'll be coming home...

Pero contra todo pronóstico, pinsé que mi casa es a la que me dirijo. Aquí, en Arthur de Greefstraat. Y me puse muy muy contenta.

No quería acabar el paseo, asique subí la cuesta que lleva a ese lugar que sólo unos pocos sabéis dónde está.

Ya era de noche, y di por hecho que la valla estaría cerrada...¡pero no! Allí estaba, en la oscuridad total. Pues no. Alguien se dedica a encender una vela allí, todas las noches. No sé quién es pero gracias. Allí me tiré en el suelo apoyada en un árbol y respiré ese aire de noches de verano.

Oí un sonido que venía desde fuera pero no le di importancia. Cuando salí, me di cuenta de que la cancioncilla venía de una furgoneta de helados. Me extrañó, era muy de noche para ponerse a vender helados. Un niño abrió la puerta de su casa con el monedero de su madre en la mano y corrió calle abajo hacia el vehículo. Yo, instintivamente, hice lo mismo.

Y allí estábamos los dos, cuesta abajo gritando a la furgoneta que no se marchara. Paró y el niño -que llegó primero- esperó con una sonrisa enorme y de puntillas en la ventana. El conductor no se percató y arrancó de nuevo.

Los helados se fueron -ya dirigiéndose a la autopista-y yo me quedé quieta al lado del chaval -que apenas tendría ocho o nueve años-

Le dije que lo sentía, y que era una pena, pero que ya volvería a pasar. Él no me escuchó y siguió con la mirada cómo se perdía el automóvil entre los demás coches.
Ya no se veía nada y él seguía allí, con el monedero -que era de esos con un estampado horrible- en la mano. Esperando. Estaba tan triste que me dieron ganas de darle un abrazo pero cuando se percató de mi presencia salió corriendo de nuevo, calle arriba hacia su casa.

Ojalá vuelva de nuevo. No por mí, sino por él. Qué narices...¡qué venga por mí, quiero mi helado de stracciatella!

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