domingo, 6 de marzo de 2011

El lago que no existía


No existe un lago entre Sofía y Rila. Para los ojos de la mayoría es sólo un paisaje más en el camino, nadie se fija en él. Sólo pasan a más de 120 kilómetros por hora y ni caen en la cuenta de que en el lado derecho de la carretera, entre los montañas, hay un pedazo del paraíso.
Digo que no existe, porque nadie cae en cuenta de su ubicación y en este mundo de locos si no está en un mapa, tiene nombre, longitud y latitud no es real.

Entonces estamos legitimados a decir que nosotros: José Ignacio Urquijo Sánchez, Beatriz Pérez Reyes, Javier Taeño, Diego Montes, y la que escribe estas líneas, somos sus descubridores y conquistadores. Por lo tanto, para los demás ese lago es nuestro y de nadie más.

Bajamos corriendo por la ladera, probamos sus aguas -que contra todo pronóstico apenas estaban frías- y jugamos con las piedras. El lago, que sabía que éramos probablemente los primeros en caer en su cuenta, nos cambió el clima y dejó de helar, y paramos de tiritar, y aparcamos a un lado dejando nuestros abrigos porque no hacía falta.

Nos despedimos del paisaje y él nos cantó Across the universe:

Nothing's gonna change my world
Sounds of laughter shades of life
are ringing through my open ears
exciting and inviting me
Limitless undying love which
shines around me like a million suns
It calls me on and on across the universe

Unas horas más tarde, entre piedras y más piedras la rueda explotó. Sonó el silencio e hicimos un buen trabajo. Enfatizo en el plural de mis palabras.
Luego, en el monasterio se rompieron y se perdieron las imágenes, pero se crearon nuevas y se unieron otras. No hacían falta palabras.

De Sofía me llevo vuestros calores de Mastika, los ojos vidriosos por el frío, los garitos escondidos en patios, las cervezas de medio litro y caminar a oscuras por calles de novela negra.
De Plovdiv un puñado de niños que tiran bolas de nieve, lolitas con sonrisas de infarto y ganas de aprender, pulseras rojas y blancas con buenos deseos -y algo sobre un arquero, una paloma y sangre derramada-

No os conté la historia que me relataron con mi primera pulsera:

Cuando te las pones llamas a a la primavera. La esperas, y con el primer rayo de sol te las tienes que quitar porque ya han cumplido su cometido. Entonces, vas un bosque y regalas las pulseras a los árboles frutales, anudándolas en sus ramas.

Vosotros no lo sabéis, pero empezasteis mi primavera en Bulgaria.

1 comentario:

  1. :_____)

    Aunque en nuestro último día allí ya fuera primavera, no me las pienso quitar todavía

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