En Lovaina hay 30 días de sol en todo el año. Yo he gastado ya dos. Hoy me desperté deseando que estuviera nublado y guardarme el sol para el futuro. Parece que algún Dios del mar del Norte me escuchó y el cielo se encapotó.
Siempre me he considerado una persona afortunada. En todos los aspectos de mi vida me ha sonreído la suerte. En mi camino se cruzaron personas maravillosas que me acompañan siempre vaya a donde vaya. Estudio lo que quiero y hago buenamente lo que me apetece. Soy feliz, supongo que esa es la máxima fortuna.
Por eso me enganché a esta suerte que tengo cuando me encontré sola en el número 22 de Naamestraad. Habíamos quedado hacía ya 10 minutos y no aparecía nadie. No tenía sus números de teléfono y me contenté con mi fortuna Pregunté a dos chicas Pakistaníes si era por allí cerca la reunión de Social Science (mi carrera aquí). No tenían ni idea pero me ofrecieron ir con ellas a su fiesta. Encantadoras
Otras dos muchachas oyeron mi conversación y se acercaron, ellas iban a mi fiesta. Eran catalanas y periodistas. Me apee a su espalda y fuimos rumbo a la calle de al lado, al Blaue kater, un garito de Jazz. Su símbolo: un gato azul que me dio muy buen rollo.
Siempre me llamó la atención la palabra azul en inglés y sus connotaciones. Un día, un buen amigo me contó que la famosa canción: “El gato que está triste y azul…”, era una mala traducción de una inglesa que decía sólo: “the cat feels blue”. La original no quería decir que el gato fuera medio pitufo, sino que simplemente sentía melancolía.
Luego está el blues, estilo al que le tengo una particular simpatía. Tokio blues, uno de mis libros favoritos, Habana Blues, que tiene un banda sonora lindísima, Daiquiri Blues, que suena mientras escribo y está delicioso y el blues de Lisa Simpson:“…soy la niña más triste de cuarto e EGB”.
Total, que allí estaba yo, en el Gato azul brindando con dos desconocidas la primera cerveza de mi vida. Al ratito llegaron sus amigos, otros seis, y me perdí entre el catalán y el duch. Una hora después pude ver a mis compañeras con cara de perdidas, que se habían equivocado de fiesta, y las mesas cada vez se llenaban de más estudiantes, cada uno con su historia.
Cada facultad tiene un bar donde las copas les salen más baratas. Cuando el Gato azul se vació fuimos a la parte de atrás de Oude Markt que es pura energía explotando hacia todas las direcciones. Allí aprendí que sólo necesitas una silla vacía para disfrutar.
Nadie pone caras raras, todos somos extranjeros que llegaron aquí por casualidad. Todos queremos hablar, reir, discutir… En definitiva: buscar una vida en Leuven. Me abstraigo y echo un vistazo a los cientos de personas que se sientan a mi alrededor. Somos tan tremendamente parecidos que asusta, debajo de la piel claro.
Acabé pidiendo al Dj de un pub conocido por todos los españoles como “El Antro” una de Lady Gaga. Primero pinchó a Carlos Baute y me reí en alto al grito de “suavemente” con mil acentos. Por cierto, estábamos a miércoles. “Aquí se salen los lunes, martes, miércoles y jueves, porque los fines de semana todo el mundo vuelve a casa” me explicó Marina gritándome al oído mientras sonaba el Waka Waka.
Casi no sobrevivo a la siguiente discoteca. Esta última con vaho y láseres que curaban dioptrías e hipermetropías. Mucho calor, música tecno y un finlandés vestido con su traje típico bailándome el agua. Demasiado para mi primer día de fiesta. Éste pez se volvió a casa.
Las carreteras de Lovaina de madrugada son perfectas. Vacías, oscuras, sólo algún ciclista tan perdido como yo y una luna llena inmensa que alumbra la ciudad sin farolas. Iba tan rápido con Lenin que me pasé de calle y me reí yo sola. Creo que podré acostumbrarme.
Visité el jardín botánico esta mañana y me llamó mucho la atención lo repleto que estaba de mujeres mayores valonas. Lo extraño es que eran todas iguales. Como réplicas de una viejecita primigenia, con el pelo cano, gafas color oro, ropa que huele a naftalina que te ofrece té después de arrancar las malas hierbas de su jardín.
Dejé de con
tarlas cuando alzanzaron la treintena. Todas hablaban bajito y comentaban en un francés exagerado el color de cada petunia.
Volví a casa. Llueve a cántaros y esta noche me espera lo que parece ser la fiesta mítica que sale en las noticias cuando hablan de jóvenes extasiados en una rave. Será en ALMA, que no es una secta si no una serie de restaurantes para universitarios con menús a 2.50. Una maravilla vamos, la pena es que la comida tiene tan mal aspecto que al lado de cada plato ponen un dibujo explicativo de qué clase de carne es. Ayer creo que comí cerdo porque en la foto que estaba cerca de mi plato aparecía Porky guiñándome el ojo.
Quitarán todas las mesas y lo dejarán vacío para que entren miles de estudiantes internacionales. Lo único que sé a ciencia cierta es que hoy Lovaina conocerá mi chubasquero rosa chicle. Será esta ciudad la que tendrá que acostumbrase a mí después de todo.
23/9/2010
¿cuándo ilustrarás estos deliciosos posts con fantasbubólicas fotos?
ResponderEliminar