jueves, 23 de septiembre de 2010

Acostúmbrate

Es así de simple. Llora, asúmelo. Ríe, disfrútalo. Quiere, quiere hasta morir del querer. Déjate llevar por el fluir de la vida y lucha por lo que crees injusto. Acostúmbrate y pelea cuando lo hayas asumido.

Por suerte no me sonó el aparato dental en el detector de metales del aeropuerto. Soy de esa clase de chicas, ya sabéis, de las que suenan. He pronunciado mil veces Leuven y cada vez me sale de una forma. Escucho con cuidado como lo dice cada persona y no entiendo los matices. Mi boca menos, que va por libre y no consigo controlar aún la lengua entre los hierros
.
Un nigeriano en el autobús de ida sin vuelta me contó que odiaba a los moros. Luego me describió su negocio –compra de coches en Europa para luego a venderlos inflados a África-. Los chinos eran otra historia: “nos están invadiendo”. Lo que más me desconcertó no fue que esto saliera de la boca de un negro zaíno, sino el final de la conversación: “bueno, no hay de qué preocuparse si el fin del mundo llegará en el 2012”. No supe que cara poner. Luego resultó que era de Azuqueca de Henares y habíamos visto a la vez el concierto de Pereza del pasado Sábado. “Take care”, me dijo al despedirse. “Good luck”, respondí aún desconcertada.

He aprendido a diferenciar los Belgas de los Flamencos. Es sencillo. Los de habla neerlandesa son los que no se parecen a Tintin y me dan miedo. Facilísimo.

En la estación de tren de Bruselas el señor que vendía los tickets me gritó cuando me iba que mi inglés era muy bueno. No le creí. Me lo dijo en español. Europa es esquizofrénica.

En Leuven no hay farolas. Me acabo de dar cuenta mientras escribo a oscuras. Tengo un ventanal enorme y mi casita es como la de mis sueños. Lo primero que hice cuando llegué fue salir a sentarme al tejado –vivo en una especie de azotea-.

Alain vino a recogerme a la estación de tren de Leuven. La primera visión que tengo de esta a la que llamaré ahora “mi segunda casa” es un saxofonista en una plaza inspirada en un cuento de los hermanos Grimm. Tocaba esa canción que dice:“bésame, bésame mucho”. Pasó un ángel.

¿Y quién es Alain by the way? Lo primero que me quedó claro de él era su homosexualidad. Debe ser que pensaba que estaba ligando con él de alguna extraña forma belga que desconozco y de repente me soltó “I’m gay”. Luego comentó su procedencia, mezcla de franceses e italianos. Nos reímos un ratito porque con él venía Cloe, una compañera suya de medicina. Lo abrió por el capítulo de enfermedades venéreas. Con fotos. Fue asqueroso y divertido. Luego apareció Harry Potter.

O al menos su biblioteca. De repente Alain para el coche y señala un palacio –no sé describirlo de otra manera- y me dice que es la biblioteca, y que es mucho mejor que la de Hogwarts. “Alain, me has ganado macho”, pieso mientras miro frenéticamente por las ventanas del coche. Mi primer vecino.

El vehículo oficial en Leuven es la bici. Llevo un día aquí y ya tengo una. Tengo prioridades: alquilé la bici por un año y compré chocolate, gofres, y nocilla belga. Me voy del tema. La bici es roja. Se llama Lenin. En Madrid tengo una negra cuyo apelativo cariñoso es Obama. A veces soy muy simple, qué se le va a hacer.

El supermercado de al lado de mi casa está construido en un antiguo castillo. Sí, todo es mágico. Aunque sea una especie de LIDL y eso le pueda quitar algo de Glamour. En la calle de enfrente hay una gran pradera verde con porterías de futbol. Me gusta. Es como vivir en un cuento sacado de contexto.

Colgué todas vuestras fotos por mi salón. Tengo mucha suerte.

21/09/10

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