Supongo que esto es algo parecido a vivir. Dormirte en un tren, y que al despertarte, durante unos segundos, no sepas dónde estás. Que tu cabeza haga un recorrido rápido de todas las posibilidades hasta acabar hallando la respuesta. Miro por la ventana y resulta, que contra todo pronóstico, desperté en Polonia.
Marina está recostada sobre la ventana y fuerza llueve silencioso. Acabamos de venir del campo de concentración más grande de la historia: Auschwitz.. No me dio tanta impresión como yo creía. Supongo que la culpa la tendrán todas las pelis de la II Guerra Mundial que he visto.
Krakovia me gusta, y me obligo a buscar las diferencias entre oriente y occidente detrás de los escapares del Zara. La calidad de vida aquí es bastante baja, y todo es extremadamente barato.
Hemos conocido a Alex, un francés que viaja sólo en busca de amigos Polacos que conoció en la vendimia. Con él vamos al barrio judío, y es allí dónde encuentro la verdadera Polonia. Un país bajo la presión constante de Rusia y Alemania, que intenta aferrarse a sus tradiciones desde tiempos inmemoriales, no vaya a ser que les invadan (otra vez).
Todo ha ido mejor desde la visita fugaz que hice a España. Cada vez me gusta más hacer planes extraños y dejar que el día te sorprenda. Estoy hasta arriba de trabajos pero se llevan bien si haces “breaks”. Ahora tengo uno, me voy a ver una pelí que nos trae Sachín. Una de risa, hindú. Habrá que ver cómo es su humor.
Los fines de semana se han convertido en el auténtico descanso. Mis vecinos se van y la casa está vacía. El jueves pasado nos prepararon una cena belga y nos los pasamos genial...nos enseñaron que aquí, a los Pokeros se les llaman “Johnys y Marinas”, nos hizo mucha gracia.
Después salimos por Oude Markt, bar a bar, Stella tras Stella, descubriendo que se saben y cantan todas las canciones en inglés sin inventárselas (no como hacemos nosotros).
Cuando volvimos de madrugada nos comimos la tarta de chocolate que compramos para el postre. Todos tirados en la cama de Alain, mientras le enseñaba a pronunciar la “R” con un boli en la boca.
Me desperté a la mañana siguiente mientras él y Piere aporreaban mi puerta al ritmo se Shakira.
Cuando abrí, en pijama, tenían un zumo de naranja y una caja con helado de espéculos en la mano.
Así da gusto levantarse. Aunque se rían de mi pijama de cerditos.
Leuven empieza a ofrecerme el alma de las personas que la habitan. Sus miedos, sus secretos...esto comienza a ser ya “vivir” con todo lo que eso conlleva. Bien, bien.
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