Saldré de Leuven con los dientes mejor colocados el colesterol por las nubes y con un inglés de un acento extraño.
Los gatos de los tejados seguirán peleándose con las gaviotas y chillando como locos en celo al anochecer. El pervertido, volverá a poner la música muy alta y esperará a verme de refilón por la ventana. Pero no encontrará mi silueta. En unos meses buscará algún otro entretenimiento.
Estas paredes no son mi casa. Mi casa es Pedro en Negro colgando en la luz, mirándome con los brazos abiertos. Son todos los dibujos que tengo en la pared, la sirenita coloreada por Marina, las caricaturas de Alain, las postales de la india. Las frases inconexas en diferentes idiomas.
Mi casa son los mapas de todas las ciudades en las que he estado, en el muro de la derecha.
Las gotas que me despiertan todas las noches a las 2 de la mañana, cuando empiezan las tormentas.
Los mosquitos que llevan mi sangre y se la dan de beber a sus hijos.
Hubu, el peluche de carnaval que lleva puesto un sombrero de Saint Patrick. Son las fotos de aquellos que me dejé en Madrid pero que van siempre conmigo.
Tengo los músculos de las piernas durísimos gracias a Lenin. Y me siento mucho más fuerte y lista que antes. Me conozco más, y eso no me ha llevado a ninguna parte.
Saldré de Leuven con mi mejor amiga.
Por el mundo se desperdigarán mis hindúes. Sachin se irá al Himalaya y no volveré a saber nada de él. O al menos eso dice. Renu dará tumbos por Europa hasta los 30, cuando su padre le obligue a casarse con el novio que tiene preparado desde hace años. Louise será una abogada maravillosa en Estocolmo. Alain seguirá tocando a Bach y acabará fugándose al mediterráneo.
Los elefantes no volverán a ser animales, serán dioses. La comida que pica no me picará nunca más . Los inmigrantes no volverán a serlo. La música clásica contará historias, y tendré que buscarlas. Podré conseguir todo lo que me proponga. Todo. El frío nunca será como éste, el que pone los dedos azules y el sol siempre será bienvenido. Todo llevará más azúcar (si cabe). A veces pensaré en inglés. Tendré tantos puntos de vista que tardaré horas en posicionarme sobre algo. Buscaré en las yemas de los dedos ajenas sus espirales.
Y luego estarán sus acentos. La huella de donde vinieron. Música diferente, misma letra.
Sólo les recordaré sonriendo porque es lo único que han hecho durante este último año.
Por eso han sido mis amigos. Mi gente. Mi vida aquí. Han sido mi Erasmus.
Todo.
"Si no quieres acabar en un manicomio, abre tu corazón y abandónate al curso natural de la vida". Tokio Blues, Haruki Murakami
lunes, 6 de junio de 2011
domingo, 5 de junio de 2011
Alegría
Supongo que mi repulsión a la melancolía no me deja ser consciente de que me quedan dos días aquí. Sólo he tenido un pequeño instante de flaqueza al mirar la exuberancia gótica de la catedral. He pensado “no te voy a volver a ver”, y sí, se lo decía a ese gótico flamenco en cada esquina, y por un instante la melancolía me ha tentado pero no la he dejado salir, porque eso es de aquellos que veneran el pasado perdiéndose el presente.
Dentro de un par de soles amaneceré en otra latitud y longitud. En la que se supone que es la mía, y que me ha dado el carácter que ahora tengo. La sensación con la que me quedo quedar, y que me acompañará conmigo para siempre es que no he estado en Bélgica. No. He pasado más tiempo en la India que en cualquier otro lugar de el mundo. En Italia, en Suiza, en Francia...
La pequeña república independiente de Leuven nos dio cobijo. A nosotros, los exiliados. Porque puede que los flemish no supieran apreciar la belleza de los colores que cada uno trae de su tierra, pero nosotros sí.
Una noche -como cualquier otra- estábamos cenando en casa de los indios y alguien derramó cerveza. Yo me levanté corriendo, y antes de limpiar el líquido toqué con mis dedos el alcohol, y me mojé la frente gritando “ALEGRÍA, ALEGRÍA”.
Es algo que yo creía común, pero por las caras de todos los presentes -incluida la de Marina, que es española- debieron pensar que estaban presenciando algún extraño ritual. Pero vamos, que es lo que hace mi madre siempre que alguien derrama su vino, y yo antes no había caído en la cuenta de que eso no era normal.
Casi sin darnos cuenta, unas noches después, se volvió a derramar otra copa y repetí el proceso. Todos lo conocían, y se apartaron el pelo de la frente, esperando a que yo untara mis dedos en el alcohol para mojarles ligeramente.
Me sorprendí bastantee cuando hace unos meses el mismo ritual se repitió, pero esta vez, Sachín gritó: ALEGRÍA, ALEGRÍA, y fue Alain el que mojó sus dedos y se los pasó por la frente.
Ellos no lo saben pero para mí fue la cosa más bonita del mundo.
El asunto tiene guasa cuando hace dos días derramé la salsa boloñesa. Por costumbre, todos fueron a meter el dedo dentro para luego tocarse la frente. Olvidé explicarles que sólo lo hacía con alcohol.
ALEGRÍA!
Dentro de un par de soles amaneceré en otra latitud y longitud. En la que se supone que es la mía, y que me ha dado el carácter que ahora tengo. La sensación con la que me quedo quedar, y que me acompañará conmigo para siempre es que no he estado en Bélgica. No. He pasado más tiempo en la India que en cualquier otro lugar de el mundo. En Italia, en Suiza, en Francia...
La pequeña república independiente de Leuven nos dio cobijo. A nosotros, los exiliados. Porque puede que los flemish no supieran apreciar la belleza de los colores que cada uno trae de su tierra, pero nosotros sí.
Una noche -como cualquier otra- estábamos cenando en casa de los indios y alguien derramó cerveza. Yo me levanté corriendo, y antes de limpiar el líquido toqué con mis dedos el alcohol, y me mojé la frente gritando “ALEGRÍA, ALEGRÍA”.
Es algo que yo creía común, pero por las caras de todos los presentes -incluida la de Marina, que es española- debieron pensar que estaban presenciando algún extraño ritual. Pero vamos, que es lo que hace mi madre siempre que alguien derrama su vino, y yo antes no había caído en la cuenta de que eso no era normal.
Casi sin darnos cuenta, unas noches después, se volvió a derramar otra copa y repetí el proceso. Todos lo conocían, y se apartaron el pelo de la frente, esperando a que yo untara mis dedos en el alcohol para mojarles ligeramente.
Me sorprendí bastantee cuando hace unos meses el mismo ritual se repitió, pero esta vez, Sachín gritó: ALEGRÍA, ALEGRÍA, y fue Alain el que mojó sus dedos y se los pasó por la frente.
Ellos no lo saben pero para mí fue la cosa más bonita del mundo.
El asunto tiene guasa cuando hace dos días derramé la salsa boloñesa. Por costumbre, todos fueron a meter el dedo dentro para luego tocarse la frente. Olvidé explicarles que sólo lo hacía con alcohol.
ALEGRÍA!
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